El Trato

La luz proveniente del gran ventanal lo iluminaba en un contraluz siniestro, en el cual el blanco de sus ojos grandes y sonrisa perversa podía notarse. Tomó el último trago de té, se acomodó un poco el cabello hacia atrás, en un intento de tapar su calva. Agradeció la amabilidad con la que se lo había tratado mientras apoyaba la taza contra el platillo que estaba sobre la mesa de la sala. Era un monstruo, pero con modales.

Agarró su sombrero de copa y, de un soplido, le quitó todo el polvo que había acumulado en aquel lugar deprimente. Se calzó su par de guantes blancos, se enredó su bufanda carmín alrededor del cuello y se levantó ayudado por su bastón negro.

-Es una lástima que no hayamos terminado de ponernos al día, sabes que me gustaría quedarme a charlar un poco más – dijo La Sombra, mientras sacaba su reloj de bolsillo para confirmar la hora.

El dueño de casa tragó saliva disimuladamente, su sombrío visitante lo ponía nervioso e intentaba mantener la calma, pero el tic de su pierna izquierda no ayudaba a mantener las apariencias. Tal vez si permanecía sereno podría engañar a La Sombra y hacer que esta se vaya.

-¡Es de mala educación no despedir a un visitante cuando se esta yendo!– se pronunció La Sombra levantando la voz, esbozando una sonrisa que mostraba sus afilados dientes amarillentos.

Después de articular aquellas palabras dirigió su mirada hacia la oscura habitación en la que se encontraban la esposa del dueño de casa y su hija recién nacida, de cuyos ojos empezaron a brotar lágrimas.

El padre, sabía que el día había llegado.

En su cabeza había simulado ese día varias veces, aunque no las suficientes. La vida que llevaba antes de conocer a su esposa era bastante deplorable, vivía entre excesos sabiendo que no podía morir, sin embargo, justo en ese momento empezó a pensar que tantos momentos de lujuria no habrían valido la pena.

-Te soy honesto, pensé que nunca te volvería a ver-continuó La Sombra ante un inmóvil y atormentado padre- ¿Cuánto pasó? ¿trescientos? ¿cuatrocientos años?

El hombre dejó de escuchar, solamente quería que ese momento se acabe. Intentaba justificarse diciéndose que nunca pensó que podría llegar a enamorarse, y mucho menos imaginar que de ese amor pudiera florecer algo (o incluso que él podría llegar a hacer algo de valor).

 “La eternidad a cambio de un alma” el título del contrato que había firmado con La Sombra retumbaba en su cabeza, incluso después de tanto tiempo. En su mirada se notaba el arrepentimiento, nunca se perdonaría el hecho de haber dado a su primogénita.

La Sombra se dirigió al cuarto donde se encontraba la nueva madre, y le arrebató de sus adoloridos y cansados brazos a la recién nacida. Ella intento resistirse, sin embargo había sido un parto complicado y la pérdida de sangre había acabado con sus fuerzas. El padre se quedó ahí sentado, inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.

Aquella oscura criatura miraba fijamente al dueño de casa y, en un arranque de compasión, le permitió ver a su hija una vez más.

-No es nada personal – le dijo luego, con una mirada relativamente clemente: hacer cumplir el trato no le causaba tanto placer como pensaba.

-Lo sé – respondió el padre casi al instante mientras su mirada se tornaba vacía y apuntaba a la nada.

La sombra salió de la casa con la recién nacida y el tiempo pareció restablecerse; sin embargo, el padre permaneció inmóvil frente a un sonido que tomó la habitación repentinamente: Los desgarradores gritos de la madre.

 Diego Ignacio Romero Guerra

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